Por: Pablo Gámez Cersosimo
Escritor, periodista e investigador.
El siglo XXI prometía ser el de las instituciones multilaterales y la disolución de los viejos imperios. Pero estábamos equivocados.
El Medio Oriente —y el planeta entero— nos devuelve una imagen que creíamos enterrada. Aquella del conquistador que necesita expandirse para existir; justificarse. Así, Israel libra guerras para no tener que terminarlas. Cada conflicto se convierte en una palanca para anexionar pedazos de vecinos; cada “alto el fuego” es un paréntesis para rearmar la siguiente mordida territorial.
Sin embargo, lo perturbador es que el fanatismo de Netanyahu, encuentra oxígeno fresco en un fenómeno global. Por ejemplo, en el neoroyalismo de Donald Trump.
Trump ejerce el poder como un soberano que reparte favores y territorios a sus vasallos. Ordena indultos preventivos, convierte planes de “paz” en proyectos inmobiliarios de sus yernos y amigos, y trata a los Estados como si fueran feudos que se pueden redistribuir según lealtades personales. En este esquema, Netanyahu es el ejecutor de campo de un orden forzado donde la fuerza bruta vuelve a definir las fronteras y la “seguridad” se mide en kilómetros conquistados.
Este neoroyalismo no operaría con tanta eficacia si no encontrara su doble ideológico al otro lado del Atlántico. El fanatismo de los colonos israelíes —esa mezcla tóxica de supremacismo bíblico y racismo — tiene su equivalente en el cristianismo fundamentalista estadounidense.
Para los evangélicos norteamericanos, cada tanque israelí que avanza sobre Cisjordania, cada bombardeo sobre el sur de Líbano o cada “expansión temporal” en Siria no es una violación del derecho internacional. Es el cumplimiento de las profecías. Un mandato divino. La limpieza étnica se rebautiza como “retorno a las tierras prometidas”; la anexión indefinida, como orden celestial.
Un presidente estadounidense se comporta como rey del siglo XXI, legitimando a un primer ministro israelí que sueña con un reino bíblico que va del Nilo al Éufrates. Y ambos son vitoreados por fieles que ven en la guerra una señal del fin de los tiempos.
La “forever war” es la liturgia de un nuevo imperio que se niega a reconocer que los imperios del pasado terminaron precisamente porque nunca supieron detenerse.
Lo que presenciamos es la simultaneidad de cuatro proyectos imperiales.
Trump persigue una Gran América del Norte que absorba Canadá y México bajo control económico y militar estadounidense, reduciendo a sus vecinos a protectorados. Netanyahu construye su Gran Israel del Nilo al Éufrates a golpe de anexiones y limpieza étnica. Putin reconstruye su Gran Rusia invadiendo Ucrania y amenazando con recuperar todo el espacio postsoviético como zona de influencia exclusiva. Y Xi Jinping avanza hacia su Gran China mediante la militarización del mar del Sur de China, la absorción de Taiwán y la expansión económica que convierte a países enteros en deudores vasallos.
Los cuatro jinetes invocan la “seguridad”, la “historia” o el “destino” para justificar lo injustificable. Desprecian el derecho internacional. Y encuentran en el otro un espejo útil: una vulgar camaradería.
Mientras estos cuatro avancen, el mundo se adentra en una indeseable edad de imperios que chocan entre sí con drones, misiles y deidades digitales.
Sabemos cómo terminan los delirios de grandeza. La duda es si esta vez, con inteligencia artificial, arsenales nucleares y fieles fanatizados en cuatro continentes, podremos entender la lección de la historia.
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