Por: Pablo Gámez Cersosimo
Escritor, periodista e investigador.
Son días convulsos en la arena de la inteligencia artificial por su uso militar. El Departamento de Guerra de Estados Unidos quiere soltar todos los frenos y obligar a las empresas tecnológicas con las que trabajan a que no pongan restricciones al Pentágono. Anthropic, sin embargo, se ha negado. Su rechazo es de orden ético.
En la apuesta supremacista de Donald Trump, la inteligencia artificial no debe, ni puede, ser woke. Alineadas a su proyecto ideológico (MAGA), la sumisión de las gigantes tecnológicas conocidas como GAFAM+ —Google (Alphabet), Apple, Facebook (Meta), Amazon, Microsoft, OpenAI, Anthropic, Nvidia— a los dictados de la Casa Blanca, constituye una amenaza directa para la democracia y los derechos humanos en un planeta en llamas.
Con un agravante: son estas empresas las que controlan los feudos digitales de los cuales dependemos miles de millones de personas, repartidas en geografías distintas.
En apenas unos meses, las todo poderosas GAFAM+ han priorizado contratos millonarios con el Pentágono y alianzas estratégicas por encima de cualquier principio moral, facilitando el uso de sus tecnologías en aplicaciones militares que van desde la vigilancia masiva hasta el desarrollo de armas autónomas. De esta forma responden a la agenda de soberanía digital impuesta por el trumpismo.
La única empresa que se ha rebelado es Anthropic. Es la nota disonante. La creadora del chatbot Claude ha desafiado abiertamente las presiones del Pentágono. Su CEO, Dario Amodei, rechaza las demandas del Secretario de Defensa, Pete Hegseth, quien amenaza con cancelar contratos por 200 millones de dólares si no se elimina toda restricción al uso militar de su IA.
“Permitir armas autónomas o vigilancia indiscriminada es incompatible con los valores democráticos”. La postura de Amodei contrasta con el oportunismo de las GAFAM+.
Google, por ejemplo, eliminó las restricciones en su código de conducta para desarrollar armas o herramientas de vigilancia, allanando el camino para colaboraciones que sus propios empleados ahora denuncian en cartas internas. Microsoft ha vendido tecnología de IA al ejército israelí durante el conflicto en Gaza; OpenAI ha modificado sus políticas para permitir usos en “seguridad nacional”, firmando contratos similares con el Pentágono.
Meta autorizó que sus modelos de IA sean utilizados por contratistas militares como Lockheed Martin y Booz Allen, mientras que Amazon y Apple mantienen lazos con el aparato de defensa estadounidense a través de servicios en la nube y hardware. Amazon Web Services (AWS) ha sido pivotal en operaciones de inteligencia, y Apple, con su ecosistema cerrado, no ha dudado en cumplir con solicitudes gubernamentales de datos.
Trump concibe la IA como un arma geoestratégica, impulsando iniciativas como el plan Stargate con inversiones astronómicas de 500.000 millones de dólares. Para él, la “subordinación incondicional” de Silicon Valley es esencial para mantener la hegemonía estadounidense.
El nombramiento de ejecutivos como Adam Bosworth de Meta o Kevin Weil de OpenAI en roles militares, deja al descubierto una fusión acelerada entre el sector tecnológico y el militar, donde la soberanía digital pasa por su militerización.
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